Cuando hablamos de entrenamiento tradicional, nos estamos refiriendo al entrenamiento de fuerza de toda la vida, estructurado en series y repeticiones, que combina el trabajo de los grandes y pequeños grupos musculares con determinados patrones de movimientos más bien fijos. En ocasiones se le ha atribuido la mala fama de reducir la movilidad o la resistencia cardiovascular de quienes lo practican. Pero lo cierto es que si el entrenamiento está bien diseñado, supervisado, se realizan los calentamientos oportunos, nada de eso debería ocurrir. El entrenamiento de fuerza tiene un impacto positivo sobre nuestra salud metabólica, articular y ósea, y es importante para mejorar nuestra calidad de vida. Atrás quedaron los tiempos en los que para ponerse en forma la principal opción era ir al gimnasio a recorrer todas sus máquinas. En los últimos años las disciplinas deportivas han evolucionado de manera visible, porque hacer ejercicio ya no es un asunto minoritario, sino que forma parte de un estilo de vida saludable al que cada vez se suman más personas. Hace apenas 15 años las opciones de entrenamiento eran más bien pocas, y la mayoría acabábamos en aeróbic o spinning cuando buscábamos una alternativa al periplo por la sala de máquinas. Pero de una manera vertiginosa todo empezó a cambiar, y ahora elegir cómo nos entrenamos supone una toma de decisiones que implican numerosos factores, como con qué objetivo entrenamos, cuál es nuestra forma física y de qué tiempo disponemos. En este florecer deportivo se ha posicionado con fuerza un tipo de entrenamiento, el funcional, que parece haberle plantado cara al entrenamiento tradicional que había colapsado las máquinas de los gimnasios durante años.