Prestar atención a la alimentación para poder mantener a raya factores de riesgo cardiovascular como la hipertensión, la obesidad, la diabetes o los niveles elevados de colesterol y triglicéridos, una alimentación saludable, como la dieta mediterránea, es clave.
La recomendación es practicar al menos 150 minutos por semana de ejercicio aeróbico moderado o intenso o al menos 75 minutos por semana de ejercicio vigoroso o un equivalente combinado.
Los beneficios del ejercicio físico están de sobra demostrados: reduce la presión arterial y los niveles de colesterol LDL o “colesterol malo”, ayuda a controlar los niveles de glucemia y a mantener el peso, mejora la capacidad pulmonar y la eficiencia cardiaca, y potencia los mecanismos antinflamatorios e inmunitarios, entre otros.
Cuando las células son incapaces de absorber todo el colesterol que circula por la sangre, el sobrante se deposita en la pared de las arterias.
Por eso es importante controlarlo a través del ejercicio y del consumo de vegetales, legumbres, cereales, hortalizas y frutas.
El bienestar emocional tiene un papel protector sobre nuestro corazón.
Contamos con herramientas que pueden ayudarnos a encontrarnos bien emocionalmente, como el deporte, que ayuda a liberar tensiones.
O seguir una alimentación saludable, que también es un buen apoyo para mantener el estrés a raya, al igual que el descanso.
Combatir el sedentarismo, ya que se ha demostrado que el sedentarismo es un factor de riesgo cardiovascular con tanto peso específico como el tabaquismo, la dislipemia o la hipercolesterolemia.
Si logramos mantener controlados los factores de riesgo cardiovascular, las posibilidades de desarrollar enfermedad cardiovascular disminuyen considerablemente.
Tanto que, según los expertos, hasta un 80% de las muertes prematuras por enfermedad cardiovascular se pueden prevenir haciendo pequeños cambios en nuestro estilo de vida.